Yo había aprendido a tomar los desayunos con esencia de café, panes francés y camotes fritos a los pocos días de haberme cobijado en Tu lecho, mi lecho; a los pocos días de haber perdido a la Madre en carne, en vida, a los pocos días antes de cumplir los diez; entre los momentos frágiles de ir conociendo la gran ciudad, de verlo con mis ojos cansados, nubosos, y llenos de una retina delicada y solloza por la partida de la Madre.
Así, Tu techo fue indispensable para mi poca edad, para mis pocas ganas de entregarme a quienes Te rodeaban, mas los del barrio y demás que me acurrucaban por ser el último, el niño que a los diez ya empezaba a encontrarse con Tu sonrisa, Tus palabras, Tus buenos ánimos y Tu ganas siempre de entregarme confianza y engreírme con mas ricos desayunos, o mas comidas: o los simples atardeceres de verano, en Tus sillas, con helados, jugos de fruta e higos maduros de Tu cosecha frente a ala ventana grande.
Así me convertí en uno mas de Tus engreídos, de los tantos que tenías, pero así me acostumbre a ser Tu hijo, el que se cobijó junto a los otros Tuyos; así empecé a entender que eras la presencia viva de la Madre, de quien me dejó encargándote mis dolores de muela, de ojos y heridas infectadas por el descuido rural del pueblo chico donde nací.
Ahora mismo sigo recordando los siempre desayunos ricos, sigo recordando los almuerzos, lonches y cenas con todos, los muchos que fuéramos en Tu mesa; ahora mismo siento que me sigue doliendo la muela cada vez que Tus platos de pallares se presentaban ante mi. Ahora mismo sigo recordando Tus celebraciones de mis cumpleaños, con todos del barrio y mi tonta timidez para bailar o dejarme llevar por la fiesta; ahora mismo Te recuerdo en Tus fiestas de navidad, y Tu chocolate caliente, con panetón y regalos para todos.
Así es Tu presencia siempre, así será siempre, reemplazándome en mis pesares y en mis caprichos de estudiante rebelde, de ganas de seguir comiendo Tu comida, de seguir entendiendo que Tu serás siempre la Madre que me hizo falta a los diez años, a los veinte, treinta o demás de mi vejez.
Me ahorraré las disculpas o las pocas atenciones de mi existencia desordenada para Contigo; me ahorraré los llantos decrépitos de mi retina aún delicada, nubosa y solloza; me ahorraré los insomios de creer que poco Te entregué, que poco Te hice reír o hacerte feliz. Seguiré llamándote para pedirte una receta de comida, o de vida; seguiré preguntando si Te quedaste dormida por una noche, o por las demás noches que queda por esperar. Seguiré creyendo que me perdonas por todo lo malo: porque eres la Madre de mis diez o demás años que me quedan.

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